Por Gustavo Nieto Idiaques
En el sistema
internacional, la imagen que un Estado proyecta hacia el exterior provoca en
gran medida la actitud y acciones que los demás Estados tienen hacia éste. Esta
relación se puede explicar argumentando que las imágenes de los Estados que los
líderes o tomadores de decisiones tienen, moldean las elecciones que se toman
en materia de política exterior, es decir, una buena imagen refleja una actitud
positiva y de cooperación de otras naciones.
En el sentido anteriormente
descrito, México ha sufrido durante las últimas décadas un deterioro de su
imagen a nivel internacional. Lamentablemente, construir una imagen positiva (al
igual que la confianza en las relaciones personales), toma tiempo y es difícil
de lograr, mientras que por otro lado, basta un simple hecho negativo, por muy
pequeño que éste sea, para que todo se venga abajo y en el imaginario colectivo
prevalezca la imagen desfavorable de algún Estado.
Si bien es cierto que son los mismos
Estados los que construyen la imagen que desean proyectar hacia el exterior,
también debemos entender que la imagen-país no es un constructo monolítico que
surja exclusivamente desde el interior de las distintas naciones. La realidad
es, que en la constante lucha de poder en el sistema internacional, la
imagen-país es un producto de ataques y contraataques entre Estados a nivel
regional e internacional dependiendo de los intereses particulares que se
tengan como objetivo alcanzar.
De este modo, los problemas de
imagen a los que se ha enfrentado México responden en mi opinión, no sólo al
mal gobierno, a la violencia derivada del narcotráfico y los altos índices de
corrupción y pobreza a los que históricamente nos hemos enfrentado, sino que
también es en buena medida, consecuencia de nuestra cercanía con Estados Unidos,
así como a la competencia regional y cultural que tenemos con algunos países de
América Latina, principalmente Brasil.
Estados Unidos, defiende su
hegemonía en el sistema internacional, no sólo a través del uso de coerción
económica y militar (poder duro), sino que también despliega todo el poder
mediático a su alcance para imponer imágenes positivas o negativas (dependiendo
el caso) a los demás Estados de acuerdo a sus intereses. En este sentido,
México no es la excepción, por lo que en gran medida, la imagen negativa que
hemos adquirido, responde a la imagen estereotipada que Estados Unidos a
divulgado a través de su poderosa red de mass
media y sobre todo a través de su gran arma ideológica: Hollywood.
Por el otro frente de batalla,
tenemos el intento de construcción de una imagen negativa de México por parte
de Brasil (por mencionar al más destacado). De esta manera, se pretende no sólo
ganar la feroz batalla por los mercados
de inversiones, sino que también están en juego trofeos nada desdeñables, tales
como el aumento en el turismo y la joya de la corona que sería el liderazgo
regional (si es que existe), utilizado como bastión en su
afán de reconocimiento como potencias emergentes. En otras palabras, este
fenómeno debe entenderse como un juego de suma-cero en el que las pérdidas de
algunos Estados se convierten en ganancias para otros. Después de esta
revisión, lo que cabe preguntarnos es, ¿qué podemos hacer para lograr mejorar
la imagen de México en el mundo? ¿cuáles son las ventajas que podemos
aprovechar? ¿cómo lograr un impacto positivo en la imagen del país?
En primer lugar, debemos tener claro
que una imagen-país positiva sólo es posible como resultado de una estrategia
de política exterior, es decir, priorizando este tema a nivel de seguridad
nacional de Estado. De este modo, se integrarían los diversos actores
involucrados a nivel gubernamental para trabajar en conjunto para lograr una
estrategia concisa y plural que nos guíe a una imagen-país favorable.
Como un segundo paso, sugiero que se
realice una revisión exhaustiva de las ventajas comparativas y competitivas que
México tiene ante otros Estados. En este sentido, se deben tomar en cuenta el
tamaño del país (el décimo cuarto más extenso del mundo[1]);
su población (undécimo más poblado[2]);
su región continental del planeta (se sabe más de los países de América del
Norte que de los de otras regiones como África o Asia); la dimensión de su
economía (la onceava del mundo y la segunda de América Latina según el Fondo
Monetario Internacional); así como sus vastos recursos naturales (gas,
petróleo, entre otros) y culturales (herencia prehispánica, diversidad
lingüística, así como un extenso patrimonio culinario).
Finalmente, resta la cuestión del
cómo, tal vez, la cuestión más trascendente, pero sin ningún efecto de gran
magnitud si no se lleva a cabo tomando en cuenta los otros dos aspectos
simultáneamente.
“La marca nación se ha convertido en
una estrategia muy popular para moldear la imagen de los países. El nuestro
cuenta con su propia Marca México, creada oficialmente en el año 2005 […] hasta
ahora ha sido gestionada en la Secretaría de Turismo.”[3]
Aquí se observa, en mi opinión el primero de muchos errores en la estrategia
que se ha adoptado, pues este asunto debería corresponder (casi exclusivamente)
a la Secretaría de Relaciones Exteriores, ya que su personal es el que está
capacitado precisamente en los temas que el país busca lograr como objetivos de
la política exterior.
México es un país que posee
relativamente una red comunicativa amplia y tecnológicamente avanzada, en este
sentido, la estrategia más sensata que se debería poner en práctica, sería la
de utilizar todo el poder mediático a su alcance para persuadir a los demás
Estados en el campo ideológico, institucional y cultural, a través de sus
atractivos antes mencionados, es decir, utilizando de manera inteligente, el
extenso poder suave disponible.
En el intento de impactar
positivamente la imagen-país de México, se han privilegiado a manera de
publicidad y marketing temas
económicos, de comercio, turismo y en menor media de cooperación y tema
culturales, sin embargo, es necesario que además de estos temas también se
tomen en cuenta los relativos a la agenda nacional e internacional del país y
que éstos, se guíen bajo los principios de política exterior del país.
La (re)construcción de la
imagen-país es un tema complejo y que requiere de toda nuestra atención, este
es un primer intento por comenzar a reflexionar sobre el tema y tomar las
acciones correspondientes. El tema debe ser entendido como un problema plural
en el que se debe representar la diversidad ideológica, social y cultural de
nuestro país. Sólo de esta manera podremos comenzar a articular las estrategias
necesarias para lograr un plan a largo plazo que le dé un cambio radical a la
imagen de México en el mundo.

