Por: Martín Jiménez
Hablar del derecho a la diversidad cultural puede remitirnos al antiguo debate sobre si los seres humanos nacemos con ciertos derechos que el Estado debe reconocer o si, por el contrario, el Estado nos otorga esos derechos. En ambos casos, parece que el derecho a la diversidad cultural no está contemplado por el Estado-nación tradicional, en el que únicamente se reconoce a una nación, una cultura, una historia común y, en suma, un solo tipo de sociedad.
Sin embargo, más allá de cuál sea nuestra opinión sobre el origen de los derechos de todo tipo, habría que plantearse si la diversidad cultural es o no un derecho, como lo es el derecho a la vida, a una vida sana, a la educación, etc., o si más bien se trata de una condición humana.
La conformación de los Estados-nación implicó la negación de iure de una realidad pluricultural de facto, con la esperanza de que, a partir de la exaltación ciertos rasgos comunes y la invención de mitos de fundación nacional e históricos, eventualmente existiera una nación. Esto no significa que no existan puntos en común entre todas las culturas que conforman las naciones, sino más bien que la configuración monocultural de los Estados no parece ser una realidad en prácticamente ningún país del mundo.
Con esto, no se pretende cuestionar la legitimidad de las naciones y los nacionalismos, los cuales sin duda están legitimados históricamente, sino más bien cuestionarse sobre la pertinencia de seguir pensando en que únicamente existe una cultura para cada nación. Es decir, que en la mayoría de los países existe una cultura nacional (poco importa si en buena medida se fundamenta en mitos, puesto que su legitimidad está dada por la historia), así como también existen culturas locales y regionales, que sobre todo en los últimos veinte o treinta años han exigido cada vez más un derecho a que sea reconocida su existencia (que no es lo mismo que el reconocimiento de su derecho de existir).
Por lo tanto, no se trata de buscar que se reconozca la diversidad cultural como un derecho, ni menos como un fin. La diversidad cultural es un hecho que parece inherente a los seres humanos, en tanto que basta con que unos cuantos actúen y piensen diferente para que ya no sean reconocidos como parte de la misma cultura. Las culturas nunca son estáticas ni reconocen fronteras claras, por lo que un decreto de Estado no puede cambiar este hecho.
Tal vez partiendo de nuestras realidades (y no de un hipotético de sociedades) es que podremos caminar hacia las sociedades que queremos ser, en vez de tratar de que la realidad se ajuste a nuestras teorías.
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